miércoles, 25 de enero de 2017

Un día a la vez




Esperaba la calma para por fin sentarme y ver mi vida pasar. Fueron aproximadamente 365 días que pasaron de largo, sin detenerme, sin reflexionar, fue como si hubiera vivido en modo automático. ¿No les pasa? que de pronto cuando te sientes cansada, decides hacer un alto, miras hacia atrás y no te reconoces.

Habían sido varios meses desde que dejé de sentir pasión por mis días, que despertaba por el solo hecho que se tenía que hacer, que cumplía con trabajos sin ni siquiera ponerle algo más de mí, un sello personal.

Dejé de lado mis “relajos”: los libros, andaban polvosos en algún rincón de mi cuarto y las páginas de mi agenda se lucían vacías. Mirarme al espejo eran casi inusual, ponerme “bonita” solo porque sí, ya no era un afán. No existía momento que no dejara de quejarme por mi presente, con nada me sentía cómoda. Sentía que no era feliz.

A pesar que siempre tenía en mente que la felicidad es un estado momentáneo, sabía que al menos, si se podía conservar como una sensación de tranquilidad. Pero cada vez eran menos esos instantes de paz. Entonces fue ahí cuando me repetía más constantemente que ya era necesario detenerme. Donde sea. Tenía que parar para respirar. Y el día llegó.

Al terminar con mis tareas del día, me aconsejé con urgencia: “antes de dormir, tienes que escribir”. Hace mucho tiempo en una de las veces que quería buscar ayuda profesional, una psicóloga me dijo luego de comentarle que mi mejor pasatiempo era escribir, que eso era una hermosa terapia que yo hacía sin saber. Entonces lo recordé y pensé que después de años, pero su consejo dio frutos.
Entonces me acomodé, cambié los jeans por mi pijama, programé una música tranquila y bonita y comencé. Quizás nunca entienda porque pasan cosas así, porque dejamos de reconocernos a nosotros mismos para dar lugar a ser otras personas que no solo hieren a los demás, sino, que en el camino de intentar hacer lo correcto, nos vamos perdiendo cada día y oscurecemos nuestra esencia con momentos tensos.

Cuando reflexioné al respecto, recordé las veces que, por ponerme un escudo, aislé a las personas que más amo. Por dejarme guiar por la ira, dañé a inocente y frágiles. Por creerme la fuerte del cuento, sin querer, terminé siendo la ogra del pueblo que nadie quiere visitar por temor.

Llegué al punto de temerme a mí misma, porque en el intento de mejorar, mientras más me presionaba, más retrocedía. Sentía mis músculos tensos, mi sonrisa tiesa y cualquier al verme pensaría que no tenía mucha ropa.

Luego de dejar toda la carga en escrito, me convencí que era al menos un primer paso para dejar ir, perdonarme, crecer y volver a mirarme con bondad para ver al mundo con amor.


3 comentarios:

  1. Precioso texto! A veces pensamos que mostrar los sentimientos es signo de debilidad, pero a menudo es lo que uno necesita!
    Un saludo! 😊

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  2. no siempre se logra ser fuerte y cuando lo intentamos siempre terminamos hiriendo a quien menos tiene la culpa aun asi si son reales amigos o si son familia entienden que no siempre estamos bien que somos humanos y sufrimos , lloramos y sobretodo intentamos que los demas no sepan de nuestro dolor ,,,,, he ahy donde hacemos quizas mal quizas bien solo lo sabemos al terminar de superar el solor o aprender a vivir con el.

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