viernes, 14 de octubre de 2016

Memoria a mi adolescencia lectora

libros, mujeres que leen, vintage



Eran las 11:09 pm. y las ganas de dormir se habían ido de mí. Intenté arroparme, engreírme un poco y descansar pero fue inútil. 

–Hubiera cerrado los ojos cuando comencé a pestañear- me dije, mientras cogía un libro que rondaba por mi habitación. Parecía tener muchos años sin haber sido leído, y solo por eso hojeé entre sus páginas y quedé apresada. 

–Unas páginas más y duermo, solo una más- me prometía falsamente, sabiendo que cada hoja vieja que pasaba era una menos, pero a la vez una más y así sucesivamente.

Su olor cautivante y adictivo hacía que, cada vez reflexionara sobre el hecho de no haber cogido antes su cuerpo con la portada semi caída y sus letras casi pálidas. Cuando estaba casi llegando al final, pude sentir como el sol se asomaba en mi ventana, seguido por el sonido de las aves en plena primera. También, se sentía los pasos de mi mamá en la cocina para preparar el desayuno caliente, con el sol puesto en todo su resplandor.

Cerré el libro justo en el momento que, a la vez también se cerraban mis ojos para dormir por fin. Había quedado inmersa en las historias de amor del siglo XVIII y sus mitologías sobre el enamoramiento. Esos relatos que te dejan perplejo y reflexivo sobre el pasado sospecho que los Griegos muy perfectamente saben contar.

Y quizás esta noche; pase lo mismo, pero como tengo cosas que hacer al día siguiente, puse en marcha mi astucia y aparté de mí todo ser literario que quiera tentarme a no dormir.



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