viernes, 11 de marzo de 2011

El juego eterno


De niñas, crecemos con muñecas entre las manos y
las pequeñas tasas de té entre los dedos sirviendo al esposo imaginario.
Representamos el papel de amas de casa e imaginamos un futuro,
atendiendo y dependiendo de él.
Y nuestro mejor modelo se vuelve la novela de la tarde o la imitación a mamá,
el lugar favorito la cocina y el mercado.

Y así pasan los años y hacemos crecer aquella cocina que ya no
será más de plástico y los esposos son los que ahora compran las
tasas de fina porcelana para hacer servir el té a la hora del lonche.
Cuando miramos frente al espejo, vemos a una mujer con vestido
suelto y mandil bien puesto y al otro lado de la casa, esta aquel esposo
que una vez de niña soñamos servir.
Ahora ya un hombre esperando el café caliente, y es ahí cuando nos
damos cuenta que el juego aún no termina.


...Porque un juego tan inocente, se puede volver costumbre.

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